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Una sociedad en declive

Gabriela Soberanis Madrid, Coach de Vida

Gabriela Soberanis Madrid, Coach de Vida

  • *Por Gabriela Soberanis Madrid 

“Cuando el amor comienza a enfermar la decadencia utiliza una ceremonia forzada”. (Julio César)

Nos estamos acostumbrando a la violencia y no nos damos cuenta. Entre otras cosas, porque consideramos la violencia como una acto meramente físico y, solo ocasionalmente, psicológico y emocional. La violencia tiene distintas caras y yo quiero hablar en particular de una de ellas: la violencia verbal. Peligrosamente y sin darnos cuenta, hemos cultivado un grado de indiferencia frente a las agresiones verbales que ocurren a diario y frente a nosotros. Hemos hecho habitual esta actividad de hablar mal de otras personas y burlarnos de las circunstancias ajenas. Algunas veces se trata de gente lejana que no forma parte de nuestras vidas, otras veces se trata de conocidos, familiares o amigos. Hemos pasado por alto que el chisme es una forma de violencia y que ocurre todos los días y en todos los niveles de la sociedad al punto de causar estragos en la vida de las personas y, por ende, en la sociedad misma. La pregunta es ¿por qué lo hacemos?

Como yo lo veo, dedicar tiempo a describir los errores que está cometiendo alguien, sus defectos de carácter, los terribles hábitos que tiene y un largo etcétera que cualquier de nosotros podría ampliar, solo representan una excusa para estar más pendiente de la vida de otros, que de la propia. Hablar mal de otros nos provee de una falsa sensación de superioridad (nosotros somos mejores, jamás hemos hecho algo así), marca la diferencia entre unas personas y otras (ellas son malas madres, nosotras no) y desarrolla complicidad entre la gente (si yo excluyo a fulano igual que ellos lo hacen, quizás me acepten). Sin embargo, por cualquier razón que decidamos hacerlo, hablar mal de otros es criticar y criticar es evaluar, comparar, rechazar y querer ascender a un lugar superior.

Me parece que la principal razón por la que una persona habla mal de otros es para sentirse mejor consigo misma. Creemos a nivel inconsciente que esto disimulará nuestros defectos y atenuará los aspectos oscuros de nuestras circunstancias. Podemos seguir creyéndolo, pero el chisme es una expresión de violencia, y no solo no cambia nuestras circunstancias, sino que nos aleja de toda posibilidad de convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos.

Estamos absortos en querer destacar, en querer ser mejores que otros y simplemente nos hemos dejado de ocupar en ser mejores personas para quienes están cerca de nosotros. Así, cuando alguien enfrenta un verdadero problema, una crisis financiera, la muerte de un hijo, una enfermedad, un divorcio o una infidelidad, aprovechamos esas circunstancias como pretexto para alimentar nuestros egos y creer falsamente que estamos en mejores condiciones que los demás. Hacemos de lado el respeto, ponemos en segundo término el dolor de la gente, nos regocijamos por el fracaso de otros creyendo que eso nos eleva de categoría y, lo que es peor, nos mofamos de las circunstancias ajenas. ¿En qué clase de sociedad nos hemos convertido al punto de permanecer indiferentes a esta forma de relacionarnos?

Yo llamaría hipocresía a nuestro problema. Decimos que vivimos a la altura de cierto valores, pero la realidad nos muestra algo muy diferente. Gente que se ha alejado del amor. ¿Quién puede decir que ama cuando juzga, cuando ironiza, cuando lastima a otros y no le importa? Hemos dejado de mirar en la dirección correcta. Hay un desinterés generalizado por ser más comprensivos, compasivos, generosos, tolerantes e inclusivos. Nos hemos convertido en pequeños robots porque hemos dejado de prestar atención a lo que está ocurriendo entre nosotros. La competencia malsana continua, la discriminación crece, la violencia verbal se incrementa, los chismes se expanden, la falta de sensibilización hacia el prójimo se hace habitual y lo único que nos preocupa es mantener un lugar preponderante en la esfera que hayamos elegido. La integridad de nuestra sociedad no está en peligro, está en vías de extinción. No lo dice alguien de fuera, lo dice una yucateca que ama a su tierra, a su gente, a sus tradiciones y costumbres pero que ha llegado al punto de indignarse al ver en quiénes nos hemos convertido.

Una sociedad es como una gran familia. Sin duda, no existen familias perfectas, pero las que logran funcionar sanamente promueven la empatía, una comunicación que sea capaz de crear lazos, busca comprensión y apoyo y ofrece cariño y ayuda a sus miembros. Bajo esta perspectiva, está claro que nuestra sociedad ya no funciona como una familia, sino como grupos que actúan por separado según sus propios intereses. Nos hemos olvidado que pertenecemos unos a otros. Hemos contribuido al sufrimiento de los nuestros y hemos lastimado con nuestras palabras. Hemos juzgado a los padres que aceptaron la homosexualidad de un hijo, a la esposa que decidió divorciarse, al esposo que se hizo cargo de los hijos de otro, a la pareja que trascendió la infidelidad, a la mujer golpeada, al hombre adicto y así, podemos seguir y seguir. En eso nos hemos convertido: en verdugos.

Con lo anterior, no resulta descabellado concluir que estamos frente a un declive social notorio. La debilidad de la gente por el chisme, por ocuparse su tiempo y energía en hablar de otros, por exponer los errores ajenos y burlarse de los fracaso de los demás, se ha convertido en algo habitual y, hasta aceptable. Hemos cubierto con un manto de indiferencia y de falta de consciencia la forma en que nos hemos venido relacionando unos con otros. Podemos minimizar el problema o, inclusive, ignorarlo pero eso no cambia nuestra realidad: estamos frente a una sociedad frágil, enferma en algunos aspectos, que enfrenta una clara decadencia en valores. Hemos dejado de valorar la integridad, el respeto, la congruencia y el amor al prójimo.

Estamos frente a una oportunidad única para evaluar la calidad de nuestros pensamientos, palabras y conversaciones. Una sociedad se distingue por eso y la nuestra está en franco deterioro. Habrá quienes estén de acuerdo conmigo y habrá quienes no. Pero considero que quienes no estén de acuerdo tal vez sea porque prefieren ver una realidad que no existe, justificando lo que hacemos y decimos para seguir creyendo que no hay nada qué cambiar. Habrá también quienes consideren que estoy llevando al extremo mi punto de vista y que nuestra sociedad tiene cualidades tan excepcionales que cualquier defecto se compensa con ello. Pero quienes me conocen saben que soy una persona optimista, sin embargo, no puedo serlo respecto a nuestra sociedad cuando veo que se resquebraja sin darnos tiempo para reaccionar. Como yo lo veo, la decadencia ya está aquí y debemos aceptarla. Y ¿por qué creo que estamos frente a una decadencia? Es simple. Una conocida frase dice que las mentes grandes hablan de ideas y las mentes pobres, de los demás. Sin duda, esto pone en perspectiva lo que está ocurriendo en nuestra sociedad. No pretendo generalizar, pero si quiero puntualizar que necesitamos tomar muy en serio a qué le estamos prestando atención. Una sociedad comienza a enfrentar sus más grandes limitaciones cuando no puede distinguir la abismal diferencia entre hablar de otros y compartir ideas de valor.

No se trata de polarizar nuestras posturas: apreciar y magnificar las bondades que tenemos o satanizar y concentrarnos únicamente en los defectos. Esto se trata de hacer un llamado a las consciencias para que nos demos cuenta de cómo nos laceramos unos a otros con estas conductas y que nos enfrentamos a una irrefutable área de oportunidad en relación a las formas que hemos adoptado para convivir y relacionarnos. Tenemos que dejar de menospreciar el impacto que tiene en nosotros mismos y en otros la forma en que nos comunicamos.

Los chismes nunca quedan en un entretenimiento banal. Puede que creamos que es inofensivo, pero no lo es. Es una acción que margina, descalifica, desprecia y denigra. Hablar mal de otros generalmente incluye desacertar en muchos sentidos respecto a lo que realmente ocurre en el seno de una situación. En general, las más de las veces se trata de una situación lastimosa para todos y un claro deterioro en la forma en nos relacionamos con los demás. Si queremos crecer, necesitamos esforzarnos en retomar lo que constituye el funcionamiento de una sana sociedad.

Tengamos en cuenta esto: hablar es fácil. Eso lo hace cualquiera. Pero optar por el silencio, la prudencia, el respeto y el dominio, es fortaleza de pocos. Por eso dicen que hemos de procurar que nuestras palabras sean más importantes que el silencio que podamos romper. ¿Es así como nos estamos conduciendo?

*Dirección General Enfoque Integral

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