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Tenemos dos vidas: La crónica de mis cuatro décadas

Gabriela Soberanis Madrid, Coach de Vida

Gabriela Soberanis Madrid, Coach de Vida

*Por Gabriela Soberanis Madrid

“Tenemos dos vidas. La segunda comienza cuando nos damos cuenta de que solo tenemos una.” – Confucio

Estoy por cumplir una década más, y ya suman cuatro. Quiero pensar que estoy delante del mejor trecho de mi vida. Según me han dicho algunos que ya han transitado por esta fase, son lo mejores tiempos porque aún se goza de juventud, a la vez que se tiene experiencia. Supongo que esto es lo que le imprime tanta fuerza a ésta etapa de la vida: durante un tiempo tuvimos juventud, pero no experiencia. Luego tendremos experiencia, pero no juventud. Éste es quizás el único período donde se tienen ambas. No toda la juventud que alguna vez tuvimos, ni toda la experiencia que podremos llegar a tener, pero sí la mezcla exacta, la que sólo nos puede brindar estar frente a la mitad de nuestra historia.

He escuchado decir tanto sobre cumplir cuarenta años, como si se tratase de una edad tan significativa que no puede ser comparada con ninguna otra. Es como si se presentase una revelación de hechos: se tienen menos expectativas, las demandas son más realistas, los amigos son menos pero más íntimos, al fin se comprende que todo el mundo tiene problemas, y que la vida es hoy. Algunos hasta afirman que a partir de ahora es cuando más apasionadamente se enamoran (de una persona, de un sueño, de un proyecto) y que inesperadamente surge la fuerza para cambiar, para alcanzar todo lo que se ha buscado en las décadas anteriores y ser todo lo que se es capaz de ser… Yo me pregunto ¿será cierto?

Bueno, lo que sí es cierto es se está cerca de la mitad de la vida. Es el momento en que se torna casi un compromiso moral y espiritual disfrutar de ella. No porque sea perfecta o como quisiéramos que fuera, simplemente porque la tenemos. Y es verdad, ya no hay necesidad de complacer a otros, ni de quedar bien con la gente; ya no tiene sentido que a uno le importe demasiado lo que otros piensen o cumplir las expectativas de los demás o tomar obligaciones estériles solo para sentir que se cumple. No. Se llega a un punto en que los deseos personales, los sueños propios, lo que uno piensa y quiere se vuelve realmente importante y necesitamos hacerlo valer. Pero a los cuarenta – o cuando sea que te des cuenta – el reto es interesante: uno puede saber todo esto, pero con saberlo no basta. Hay que vivirlo. La pregunta es ¿estás listo para vivir así? ¿eres capaz de despojarte de todas las cargas y, finalmente, ser libre?

Yo no puedo hablar por los demás, solo puedo hablar por mi y por cómo llego a estas cuatro décadas. Para ser sincera, no llego tan liberada y empoderada como quisiera, ni mucho menos con una sapiencia inexplicable o esa fuerza inquebrantable con la que alguna vez soñé. Llego en algunos aspectos muy diferente a como quería. No tengo ese equilibrio perfecto que esperaba tener, aún no encuentro todas las respuestas a las interrogantes más importantes que me he planteado a lo largo de mi existencia, tampoco tengo la vida que había planeado, ni tengo todo resuelto como pensé que lo tendría. Llego aturdida de tanto vaivén, algo preocupada por lo que va a pasar, consciente de que la vida no es color de rosa, intrigada por el futuro, y para ser honesta, un poco decepcionada porque esperaba llegar sintiendo que, finalmente, domino el mundo. En resumen, llego envuelta en una especie de perspicacia y cuestionamiento ante la vida; frente a una inminente necesidad de peguntarme qué he hecho hasta ahora y qué quiero hacer con la vida que me queda.

Pero a cambio, llego siendo honesta y real, reconociendo los altibajos de la vida, lo agridulce de esta travesía. Llego habiendo cometido muchos errores, sintiendo una mezcla de fragilidad y fuerza, de dudas y de confianza. Llego con la tristeza de lo que tuve que dejar en el camino y a lo que tuve que renunciar, con la satisfacción de haber sido valiente y de gozar lo que tengo hoy. No llego con todo lo que quería, pero creo que sí, con lo que más quería: he llegado desprejuiciada, con menos preocupaciones absurdas, con más fe en mi, sintiéndome hermosa y deseando haberme sentido así cuando tenía veinte. Llego sabiendo cómo divertirme más, obsesionarme menos y quererme mejor. Llego con menos temor para tomar decisiones, sabiendo que a veces se falla, y que eso está bien. Llego queriendo lo mejor para mi; sin conformarme con las cosas a medias y sabiendo que nada es perfecto. Llego queriendo lo que me enseña, lo que me enfrenta, lo que me da oportunidad de crecer, lo que me hace una mejor persona. Llego sabiendo que los amigos son piezas clave en nuestras vidas, que están para ayudarnos a aligerar la carga; pero que de la amistad uno obtiene lo que da. Llego reconociéndome una romántica perdida, una mujer que cree en el amor a primera vista, que celebra la pasión, que sabe el valor del compañerismo y de la complicidad. Llego sabiendo que el amor es maravilloso cuando uno se ama a sí mismo. Que no se puede hallar en otro, lo que uno no tiene dentro. Llego sabiendo lo triste que es cuando alguien se va, la sensación de vacío y desolación que esto deja y el tiempo que se requiere para aceptar que las personas cumplen una misión y un tiempo en nuestras vidas, antes de partir. Llego sabiendo que a veces no se tienen ánimos ni razones de peso para seguir, pero que el amor de quienes se quedan nos puede dar fuerza para continuar con optimismo. Llego sabiendo que ser madre es el más grande de los desafíos. Que me ha confrontado con quién realmente soy y que no ha habido escapatoria. Ha dejado salir lo mejor y lo peor de mi, pero que cuando he sabido perdonarme, reconozco que no ha habido nada que haya hecho con mayor esmero. Llego descubriendo que cuando decides amar a alguien, jamás lo dejas de amar. Puede que creas que si, pero no. Es posible que no ames a esa personas de la misma manera, con la misma intensidad, desde la misma persona que eras cuando la conociste o por los mismos motivos, pero el amor no muere… cambia y se transforma, adquiere otros matices, comprende lo que no comprendía antes, pero no se marcha.

En fin, no sé si sea cierto que la vida empieza a los cuarenta, que tenemos dos vidas y que lo mejor está por llegar. Sólo sé que llego a mis cuatro décadas muy diferente a como esperaba, aunque consciente de que ésta es la única vida que tengo y que deseo hacer de ella lo mejor que pueda. Quiero creer que me espera una fase de transición, de consolidación, de grandes logros y de crecimiento personal; quiero albergar en mi corazón la esperanza de que la otra mitad que me falta por recorrer será aún más intensa que la primera o, al menos, tan avasalladoramente desafiante e imperfecta, tan maravillosa y triste, tan feliz e impredecible y tan generosa como humana… Y que, al final, los anhelos de mi corazón se materializarán.

 

*Dirección General Enfoque Integral

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