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¿Por qué juzgamos?

* Por Gabriela Soberanis Madrid

“Pensar es difícil. Por eso la mayoría de la gente prefiere juzgar”. Carl Jung

 

Todos pensamos y todos juzgamos. Es un acto inherente a nuestra naturaleza humana. El asunto es que muchos juzgan antes de pensar y pocos hacen de sus procesos de pensamiento un acto consciente. De una manera confiada empleamos criterios subjetivos para aceptar o rechazar ideas, situaciones y/o personas. Solemos pensar sin realmente pensar, en vez de ejercitar el pensamiento reflexivo y crítico. Como resultado de esto, la mayoría de las personas y de las sociedades están teñidas de juicios no razonados, de opiniones arbitrarias y de percepciones prejuiciadas, distorsionadas y parciales. La mayoría de las personas creemos conocer la razón de las cosas y solemos considerar objetivas nuestras apreciaciones. No hace falta abundar mucho en este punto para saber que eso está muy lejos de la verdad. La mayoría de nosotros, en algún momento de nuestras vidas, nos hemos enfrentado a las consecuencias de un juicio erróneo, derivado de conclusiones que hicimos exclusivamente con base en criterios propios y creencias sin cuestionar.

Juzgamos muchas cosas: ideas, personas, situaciones. Emitimos juicios sobre casi todo: la política, la tecnología, los avances científicos, la economía, los núcleos sociales, cómo se viste una persona, si aquel tiene hijos, si se ha divorciado, si es homosexual, si tiene esto o aquello  … En fin, la lista es interminable. Y al final, aunque a nadie le guste sentirse juzgado y aunque algunos hayamos aprendido a neutralizar los efectos de los juicios de otros, continuamos haciéndolo porque es la forma en que logramos validar nuestras propias opiniones. Nos erigimos en jueces de los demás con la falsa idea de que desaprobando a otros estaremos en mejores condiciones que los demás. Muchas personas me externan su preocupación por lo que otros piensan de ellos y muchos de ellos, sin embargo, emiten juicios sobre los demás. Es lo que hacemos todos – o al menos, la mayoría  de la gente -. Desde luego eso no significa que esté bien, pero es real que ocurre y la pregunta que sigue es ¿por qué las personas no podemos dejar de juzgar?

Como yo lo veo, emitir juicios no es el problema. Ya dijimos que, hasta cierto punto, es humano. De alguna manera necesitamos determinar para nosotros lo que está bien y lo que está mal, lo que nos conviene y lo que no. Pero creo que la raíz del problema no está en los juicios que emitimos, el problema es que lo hacemos a la ligera o lo hacemos incluso cuando no es necesario. Las personas solemos juzgar aún cuando no necesitamos opinar nada.

Como dice la frase de inicio: es más fácil juzgar que pensar. Y es cierto. Pensar, en toda la extensión de la palabra, es mucho más que saber qué pasa por nuestras mentes. Es aprender a discernir nuestras más profundas motivaciones y a dominar los pensamientos constructivos, positivos y valiosos y erradicar los pensamientos que se oponen a estas características. Cuando una persona se da la oportunidad de pensar de verdad sobre un tema, una persona, una situación o un problema, no permite que creencias arraigadas se queden sin cuestionar. Es consciente de la calidad de sus pensamientos y está dispuesto a profundizar en las ideas y criterios que tiene en relación a ellos. Lo cierto es que muy pocas personas consideran el valor del pensamiento crítico. La mayoría de la gente ha desarrollado sus criterios y estándares de medición  sin cuestionarlos, ponerlos a prueba o replanteárselos.

Mi propia experiencia me ha llevado a concluir que la mayoría de los juicios que emitimos no corresponden siempre ni con la realidad ni con la verdad . La verdad está constituida por un sinfín de elementos que exceden nuestra capacidad humana, por lo tanto, solo podemos presumir de tener una parte de esa verdad que es lo que comúnmente llamamos punto de vista. Si comprendemos esto, estamos más cerca de aceptar que nadie puede determinar lo que está bien o lo que está mal, pero que podemos acercarnos un poco más a la verdad en la medida que ampliamos nuestra cosmovisión, nuestros conocimientos, nuestra experiencia y sumamos a nuestras posturas otros puntos de vista. Esto exige que reflexionemos y que lleguemos a conclusiones que nos permitan ser más inclusivos.

Sin embargo, no se reflexiona por darle vueltas a un asunto. La reflexión exige ante todo la capacidad de plantearnos preguntas poderosas. Te invito a que piensen en cualquier asunto que hayas juzgado para bien o para mal y hazte, en relación a ese tema, algunas de estas preguntas: ¿Podría encontrar información que me amplíe el tema? ¿Tengo ejemplos? ¿Puedo verificar lo que afirmo? ¿Es posible saber con certeza si esto que pienso es cierto? ¿Cómo puedo probarlo? ¿Puedo ser más específico respecto a mi punto de vista? ¿Qué detalles puedo ofrecer para aclarar mi posición? ¿Qué tan preciso puedo llegar a ser? ¿Qué hace de esto un asunto o problema particularmente complejo? ¿Es necesario examinar esto desde otra perspectiva? ¿Qué otros puntos de vista puedo considerar? ¿Tiene sentido lo que pienso? ¿Se desprende de alguna evidencia objetiva? ¿Cuál es la idea central en la que hay que enfocarse? ¿Qué datos son relevantes en todo este asunto? ¿Tengo un interés personal en este tema? ¿Puedo apreciar los puntos de vista de otros de forma justa?

Si logramos respuestas satisfactorias a nuestras interrogantes habremos obtenido algo aún más importante que la respuesta en sí misma: la clara evidencia de los límites de nuestro conocimiento y entendimiento. Esto nos lleva a reconocer que necesitamos tener más humildad en relación a los juicios que emitimos y a reconocer que a veces creemos saber más de lo que realmente sabemos. Cuando somos humildes con respecto a nuestros veredictos, somos más capaces de ver con claridad cuan faltos estamos de fundamentos lógicos o la falta de éstos en nuestros procesos mentales. A veces, para ampliar nuestro criterio tenemos que hacer un esfuerzo por enfrentar opiniones, creencias o visiones hacia las que no nos sentimos inicialmente atraídos o a las que nunca antes hemos prestado atención. Esta es la única forma de ensanchar nuestros estándares y hacerlos más universales. Necesitamos reconocer que existen ideas que podemos considerar extravagantes, absurdas o amenazantes, pero que solo lo son porque no las hemos podido justificar en forma racional y porque confrontan los modelos con las que hemos convivido siempre.

Las personas necesitamos formarnos opiniones basadas en la reflexión y la comprensión. Esta es la única forma de dejar de emitir juicios destructivos y de dar un salto hacia la liberación de nuestros pensamientos. Construir con objetividad y precisión nuestros puntos de vista y confrontarlos con la forma de razonar de otros constituye una tarea compleja pero de gran valor porque significa que tenemos el deseo consciente de identificar todas las veces que nos hemos equivocado respecto a nuestras premisas, supuestos e ideas pensando que estábamos en lo correcto cuando no era así. Así que la honestidad juega un componente muy importante en este proceso de liberarnos de la necesidad de juzgar a otros o todo lo que sea diferente a nosotros. Hemos de admitir de forma honesta las inconsistencias y errores de nuestros pensamientos y juicios. Cuando nos adherimos a pensamientos irracionales pese a que tenemos frente a nosotros evidencias racionales, esto genera conflicto y confusión en nosotros mismos y en nuestro entorno y pone de relieve nuestros asuntos irresueltos. Nuestro egocentrismo puede jugarnos trucos y hacernos ver la realidad de forma distorsionada. En cambio, cuando empezamos a aceptar que nuestros criterios podrían ser engañosos, que necesitamos hacer a un lado nuestros prejuicios y puntos de vista subjetivos, apreciamos todo a nuestro alrededor sin la necesidad de calificarlo.

El pensamiento crítico no te exime de emitir o tener una opinión, pero más que una opinión te da la oportunidad de llegar a una conclusión razonada y en ese razonamiento mucho más flexible habrá espacio para la comprensión y la tolerancia de lo que difiere con nosotros. Al final del día, juzgando no obtenemos beneficios de ningún tipo. En cambio, la comprensión nos abre muchas posibilidades. Nos permite ver a las personas con más respeto y benevolencia y nos ayuda a integrarnos con receptividad a un mundo donde prevalece la diversidad pero en donde hay cabida para todo y para todos.

Dejar de juzgar requiere de valor, porque implica darnos cuenta de que hay muchas cosas que hemos rechazado por desconocimiento y de forma injustificada porque dentro de nuestro núcleo familiar o social están muy arraigadas ideas y opiniones que  hemos aceptado a pie juntillas, temiendo  desafiar lo que la mayoría piensa sin considerar que aunque muchos crean lo mismo, eso no convierte una idea o creencia en “la verdad”. Por eso es importante que cultivemos una autonomía intelectual en vez de conformarnos con lo que otros dicen o lo que aprendimos desde pequeños. Necesitamos aprender a pensar por nosotros mismos y esto representa un compromiso de analizar, cuestionar y desafiar lo que hasta hoy hemos considerado como cierto. Las personas que se flexibilizan en relación a sus creencias dan cabida a la posibilidad de que estas pueden ser falsas o equivocadas y hacen un esfuerzo consciente por determinar con cuáles se deben quedar sin aceptar de forma pasiva ninguna de ellas.

En resumen, todo el mundo juzga y la mayoría lo hacemos de forma subjetiva. Este método es tan simple como arriesgado y aplicar criterios propios o ajenos sin cuestionar para calificar algo o alguien, está en desuso. Como leí recientemente “es como un libro enmohecido”.

 

*Dirección General Enfoque Integral

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