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Las palabras no se las lleva el viento

Gabriela Soberanis Madrid, Coach de Vida

Gabriela Soberanis Madrid, Coach de Vida

*Por Gabriela Soberanis Madrid

“Hay que reivindicar el valor de la palabra, poderosa herramienta que puede cambiar nuestro mundo aun en esta época de satélites y ordenadores.” William Golding

Esta semana me di a la tarea de analizar mi entorno más cercano y ver cuántas personas dicen hacer algo y lo cumplen. Por mera observación, sin ir muy lejos, pude notar que se ha vuelto tan intrascendente como común decir que se hará algo y no cumplirlo. Desde un “Te llamo para vernos”, pasando por un “Mañana la junta empieza en punto de las 9:00 am” hasta un “Cuenta conmigo, estaré cuando me necesites”. No, la gente no respeta sus promesas, dice que hará algo y no lo hace, se “compromete” y ese entrecomillado compromiso no lleva connotación alguna de consideración hacia otros, respetabilidad y conciencia. Sencillamente se incumple y nadie reconoce la gravedad de esos incumplimientos.

La palabra parece no valer nada o, en el mejor de los casos, valer muy poco. ¿Qué hay de los tiempos en que los acuerdos se hacían de palabra, de los tiempos en que esa palabra garantizaba la efectividad de lo dicho? No hacía falta un papel para respetarlos y cumplirlos. ¿Es que hemos emigrado a otra forma de pactar nuestras resoluciones o es que ya no sabemos cómo cumplir nuestras promesas simplemente porque es lo correcto, porque eso es lo que una persona honorable hace?

Quizás sea por eso que nos hemos llenado de medios para hacer cumplir los acuerdos. Basta ver la infinidad de documentos legales que existen para comprobar la existencia de un hecho o de un acuerdo. Documentos de diferente índole que constatan, acreditan, verifican o avalan la veracidad de cierta información. Y no termina ahí. Esos documentos ni siquiera son válidos a menos que estén firmados y notariados. Y lo que es peor, aún teniendo las firmas requeridas, hay quienes tampoco tienen intención de respetarlos y los incumplen con total desfachatez.

Lo que me parece sobresaliente de esta realidad que estamos viviendo en el marco de nuestras relaciones con otros – sin importar su naturaleza -, es que cuando no cumplimos con lo que decimos, estamos atentando contra un ambiente de total confianza, libre de mentiras o trampas, un entorno donde sabemos exactamente qué esperar. En cambio, hemos venido creando un contexto de desconfianza y temor, donde casi siempre prevalece la duda de si las cosas resultarán como acordamos.

Hemos perdido la confianza no solo en otros, sino en nosotros mismos. Muy pocos se sienten capaces de ser fieles a su palabra, de expresar su integridad y distinguirse por ser una persona confiable, que cuando dice algo, naturalmente lo cumple. Si antes escuchábamos decir “mi palabra es mi honor” hoy escuchamos “las palabras se las lleva el viento”. ¿Cómo llegamos a ser tan infieles a nuestras promesas? ¿En qué radica esa falta de compromiso y responsabilidad?

Me parece que hemos alterado significativamente nuestra escala de valores. Y por favor no interpreten esto último como un asunto moralista. Me refiero a que hemos dejado de valorar lo que realmente importa. Hemos dejado de apreciar el valor de la lealtad, la seguridad, la garantía y la credibilidad. Hemos dejado de educar a los hijos para que den importancia y mérito a sus palabras. Hemos permitido que nuestros actos incongruentes les demuestren que no importa lo que dices… pero tampoco lo que haces. Incumplimos promesas y compromisos adquiridos y menospreciamos acuerdos básicos. Nos damos el lujo de mentir con nuestras acciones y lo hemos hecho costumbre. Lo hacemos de forma indiscriminada a tal grado que el significado de “palabra de honor” ya no tiene ningún significado. No hace falta poner ejemplos para clarificar cuán alejados estamos de enseñarles a las nuevas generaciones que aquello que uno dice tiene un gran valor y puede cambiar el mundo de nosotros mismos y de quienes nos rodean, en la medida en que somos capaces de respetarlo y cumplirlo.

Por eso creo firmemente que las palabras no se las lleva el viento. Las palabras son reflejo de la integridad de una persona. La integridad significa que existe congruencia entre lo que pienso, digo y hago. Cuando doy mi palabra y la respeto, evidencio consideración hacia otros, demuestro confiablidad y madurez. Porque sin lugar a dudas, honrar nuestra palabra es una cualidad de gente madura. La palabra es lo que nos conecta con otros, lo que nos permite estrechar lazos con los demás, el elemento más importante en cualquier relación sana y duradera.

¿Qué valor le das a tu palabra?

*Dirección General Enfoque Integral

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