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Replanteándonos la jornada laboral en México

Gabriela Soberanis Madrid, Enfoque Integral

Gabriela Soberanis Madrid, Enfoque Integral

*Por Gabriela Soberanis Madrid

“No aceptes lo habitual como cosa natural.  Porque en tiempos de desorden, de confusión organizada, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer natural. Nada debe parecer imposible de cambiar.” Bertolt Brecht

La incorporación de tecnologías cada vez más novedosas a los centros de trabajo ha simplificado notoriamente las tareas que se realizan, dando lugar a una considerable reducción de tiempo y esfuerzo para su ejecución. Estos avances tecnológicos debieran dar como resultado una evidente disminución de la jornada laboral, pero paradójicamente, éstas no sólo no se han reducido, sino que en algunos casos, incluso van en incremento.

Si hacemos un recuento breve de los beneficios que trajo la Revolución Industrial hasta los que hemos obtenido con la Revolución Tecnológica, nos percataremos de que el factor común ha sido la reducción de tiempo. En la Revolución Industrial reemplazamos con maquinaria el trabajo de los hombres con el fin de aumentar la producción y disminuir el tiempo de fabricación y en la Revolución Tecnológica se aceleraron los avances en cuanto a tecnologías de las información dando lugar a una disminución dramática del tiempo que requerimos para comunicarnos y realizar nuestras tareas diarias. Considero que el espíritu detrás de la era de información es tener más tiempo para disfrutar de los muchos aspectos que la vida nos ofrece. Sin embargo, este propósito ha quedado sepultado por un sistema laboral obsoleto e incongruente con los avances obtenidos hasta ahora y la expectativa de los beneficios que se deseaban alcanzar como respuesta a apremiantes necesidades económico – sociales que, en su momento, se detectaron. Estamos inmersos en una cultura laboral esclavizada y limitadora. Con poca libertad para disponer de nuestro tiempo y lo que deseamos hacer con el.

La mayoría de la gente padece las exigencias impuestas por jornadas laborales extensas, pero casi nadie las cuestiona. ¿Cómo puede una jornada de 8 a 10 horas diarias contribuir a una calidad de vida realmente saludable cuando el tiempo de las personas está subordinado casi exclusivamente al trabajo? El modelo económico que vivimos los países en vías de desarrollo considera a las personas básicamente como un eslabón dentro del sistema productivo y parece suprimir el derecho que tiene todo ser humano a volcar su tiempo e intereses no solo en su trabajo.

Tradicionalmente se ha asociado una jornada laboral más extensa a una mayor *productividad. Países de primer mundo como Holanda, Alemania, Noruega y Finlandia se encuentran entre las naciones con las jornadas de trabajo más cortas, siendo éstas de un promedio de 30 horas a la semana. Por otra parte, México se encuentra a la cabeza de los países que más horas de trabajo promedian, seguido por Chile, Grecia y Hungría; un aproximado de 43 horas por semana. Lo más relevante de estas cifras es que las tasas de productividad de los países con jornadas laborales medias más breves, se encuentran entre los que tienen mayor productividad por hora trabajada. Esto deja en claro que la productividad depende más de una eficiente organización del trabajo, la responsabilidad del trabajador y su competencia. Es decir, no es una cuestión de tiempo, sino de calidad.

*Casi en forma general, se entiende por productividad laboral a la relación entre los resultados obtenidos y el tiempo utilizado para obtenerlos. Desde luego, cuanto menos sea el tiempo empleado para obtener un resultado deseado, más productivo se considera un sistema, una empresa o una persona.

Por desgracia muchos empresarios en nuestro país todavía consideran que el empleado que pasa más horas en el lugar de trabajo es el que trabaja más. Nada más lejos de la verdad. Los estudios revelan la realidad: la productividad no tienen que ver con el tiempo, sino con el empleo que se hace del mismo. De hecho, existe una relación negativa entre ambos conceptos y, al trabajar más horas, se “tiende a disminuir el aprovechamiento que se hace de cada una de ellas”.

Considero necesario convertir este tema en una preocupación social. Creo que ha llegado el momento de replantearnos las jornadas laborales de ocho horas y empezar a considerar una cultura diferente. Una cultura en donde el derecho a una vida plena y con sentido esté por encima de límites de tiempo preestablecidos para el trabajo – los cuales a todas luces ni siquiera contribuyen a la productividad -. El sistema laboral impuesto en nuestro país se encuentra en crisis. Desde luego a nivel económico, pero más profundamente, a nivel cultural y social.

Toda crisis reclama un cambio. Ha caducado medir el desempeño de un trabajador por el tiempo que invierte en su sitio de trabajo. Ya no tiene sentido controlar los horarios de los empleados; lo que se debe y se tiene que medir es el rendimiento, la eficiencia, las soluciones que se ofrecen como medidas de corrección, el desempeño y la optimización de recursos. Para obtener un equilibrio entre las demandas empresariales y las necesidades de los trabajadores, es necesario hacer cambios de fondo en relación a la cultura laboral. Tenemos que dejar de pensar que más trabajo significa mejores resultados y que una reducción en la jornada laboral representa una caída en la producción. Es imperativo que interpretemos inteligentemente los resultados que arrojan los estudios de productividad de nuestros país comparado con otros de primer mundo.

Un trabajo digno no sólo considera la remuneración económica del empleado, sino que al mismo tiempo promueve la salud y la seguridad, contribuye al cumplimiento y disfrute de las responsabilidades hacia la familia y reconoce el valor de la gente que trabaja por resultados.

Aquellos empresarios que realmente desean aumentar la productividad de su empresa tienen que romper con muchos paradigmas y perder el miedo de incursionar en nuevas formas de hacer las cosas. La adecuada distribución del trabajo en cada puesto, una eficaz supervisión y la competencia de la gente es lo que permite dar resultados efectivos en términos no sólo financieros, sino también en cuanto a la innovación y el aprendizaje, la estandarización de los procesos organizacionales y la satisfacción de los clientes.

Es momento de que todas las personas gocen del mismo derecho a enriquecer sus vidas en todo sentido y no que se les aniquile espiritualmente por la absorción que implican las jornadas laborales actuales.

*Dirección General Enfoque Integral

Consultoría, Capacitación y Coaching para el éxito

gsoberanis@enfoqueintegral.com.mx

Líderes que transforman

Gabriela Soberanis Madrid, Enfoque Integral

Gabriela Soberanis Madrid, Enfoque Integral

*Por Gabriela Soberanis Madrid

“La función de un líder es elevar las aspiraciones de las personas y liberar sus energías para que traten de realizarlas”. 
David Gergen

Hablar de liderazgo es hablar de un tema que parece agotado. Existen tantos libros, definiciones y conceptos que abordan el asunto que podríamos pensar que ya no hay nada más qué decir. Sin embargo, es un tema milenario y ciertamente, en evolución constante.

Lo que parece distinguir a los líderes de nuestro tiempo es que muchos de ellos siguen sin comprender las necesidades de la época actual y por tanto, siguen ejerciendo un liderazgo basado en unos cuantos elementos que, en el pasado fueron útiles, pero hoy, ya no son suficientes. Si bien el carisma, la capacidad de influir, las habilidades de comunicación y saber dirigir a otros son importantes dentro del mundo del liderazgo; inmersos como estamos, en una era donde el conocimiento lo es todo, no basta con eso.

Por ende, ya no es posible hablar de liderazgo, sin hablar de conocimiento. El conocimiento es la base de todo lo que nos rodea. Es el motor impulsor de todo lo que somos capaces de crear y, de hecho, de lo que hemos creado hasta hoy. Es el principio de la innovación y del cambio. Lo vemos generarse en la mente de un individuo y adquirir un valor agregado inconmensurable cuando es procesado por otros, generando así nuevas dimensiones de conocimiento. La pregunta es: ¿para qué?

El conocimiento no sirve de nada sino se aplica, se comparte y se desarrolla. Es decir, el saber adquiere valor en la medida en que descubrimos su aplicabilidad práctica y cuando es capaz de proveernos de una mejor calidad de vida. Se convierte en un beneficio cuando las personas lo ponemos al servicio de nosotros mismos y de otros con el fin de guiar nuestra existencia hacia la plenitud y la excelencia. Por lo tanto, el espíritu del liderazgo es emplear el conocimiento como un medio para construir una vida mejor y contribuir a que los demás logren lo mismo.

Lo que hemos de comprender es que si el conocimiento es adquirido por vivencias, por comprensión o educación, es por tanto una experiencia que no puede separarse de la individualidad del ser humano. Es algo que adquirimos por nosotros mismos y no admite intermediarios. En cuanto al concepto de liderazgo, éste también implicaría primeramente una habilidad intrínseca de conducción para posteriormente hacer lo propio con otros. Dicho de otra forma, no hay liderazgo efectivo si la vida del individuo no refleja esa efectividad. No se puede llamar líder a alguien que conduce a otros, pero no puede conducirse a sí mismo.

Más allá de todo lo que se ha dicho hasta ahora sobre liderazgo, considero que hoy día necesitamos líderes comprometidos de forma individual con el conocimiento pero sobre todo, con la observación. Hemos de tener en mente que no hay transformación sin creatividad e innovación y la base de éstos dos elementos es la advertencia de lo que ocurre a nuestro alrededor y lo que necesitamos para evolucionar. Si no podemos ver los problemas que existen, no tenemos necesidad de encontrar respuesta a los mismos ni tampoco de emplear el conocimiento para generar alternativas de solución.

Como yo lo veo, este es el gran desafío que están enfrentando los líderes del siglo XXI: poner atención a las necesidades y los problemas de la sociedad donde el líder se encuentre y así hallar las medidas correctivas a esos indicadores.

Personalmente ya no creo en el liderazgo como un conjunto de habilidades que un individuo tiene para hacer que otros le sigan. Tener seguidores no es suficiente para llamarse líder. El líder es alguien capaz de engendrar cambios lo suficientemente significativos como para elevarse a sí mismo a un nivel mayor. Es alguien capaz de transmitir su conocimiento y garantizar que sirva para innovar y transformar no sólo su propia existencia, sino la de sus semejantes.

Los líderes de hoy necesitan ser capaces de poner la energía suficiente en un pensamiento original y desplegar creatividad para liberar el potencial innovador y la fuerza intelectual de sus seguidores. Solo así podremos hacer frente a los problemas que estamos viviendo.

 

*Dirección General Enfoque Integral

Consultoría, Capacitación y Coaching para el éxito

gsoberanis@enfoqueintegral.com.mx

 

 

Las palabras no se las lleva el viento

Gabriela Soberanis Madrid, Coach de Vida

Gabriela Soberanis Madrid, Coach de Vida

*Por Gabriela Soberanis Madrid

“Hay que reivindicar el valor de la palabra, poderosa herramienta que puede cambiar nuestro mundo aun en esta época de satélites y ordenadores.” William Golding

Esta semana me di a la tarea de analizar mi entorno más cercano y ver cuántas personas dicen hacer algo y lo cumplen. Por mera observación, sin ir muy lejos, pude notar que se ha vuelto tan intrascendente como común decir que se hará algo y no cumplirlo. Desde un “Te llamo para vernos”, pasando por un “Mañana la junta empieza en punto de las 9:00 am” hasta un “Cuenta conmigo, estaré cuando me necesites”. No, la gente no respeta sus promesas, dice que hará algo y no lo hace, se “compromete” y ese entrecomillado compromiso no lleva connotación alguna de consideración hacia otros, respetabilidad y conciencia. Sencillamente se incumple y nadie reconoce la gravedad de esos incumplimientos.

La palabra parece no valer nada o, en el mejor de los casos, valer muy poco. ¿Qué hay de los tiempos en que los acuerdos se hacían de palabra, de los tiempos en que esa palabra garantizaba la efectividad de lo dicho? No hacía falta un papel para respetarlos y cumplirlos. ¿Es que hemos emigrado a otra forma de pactar nuestras resoluciones o es que ya no sabemos cómo cumplir nuestras promesas simplemente porque es lo correcto, porque eso es lo que una persona honorable hace?

Quizás sea por eso que nos hemos llenado de medios para hacer cumplir los acuerdos. Basta ver la infinidad de documentos legales que existen para comprobar la existencia de un hecho o de un acuerdo. Documentos de diferente índole que constatan, acreditan, verifican o avalan la veracidad de cierta información. Y no termina ahí. Esos documentos ni siquiera son válidos a menos que estén firmados y notariados. Y lo que es peor, aún teniendo las firmas requeridas, hay quienes tampoco tienen intención de respetarlos y los incumplen con total desfachatez.

Lo que me parece sobresaliente de esta realidad que estamos viviendo en el marco de nuestras relaciones con otros – sin importar su naturaleza -, es que cuando no cumplimos con lo que decimos, estamos atentando contra un ambiente de total confianza, libre de mentiras o trampas, un entorno donde sabemos exactamente qué esperar. En cambio, hemos venido creando un contexto de desconfianza y temor, donde casi siempre prevalece la duda de si las cosas resultarán como acordamos.

Hemos perdido la confianza no solo en otros, sino en nosotros mismos. Muy pocos se sienten capaces de ser fieles a su palabra, de expresar su integridad y distinguirse por ser una persona confiable, que cuando dice algo, naturalmente lo cumple. Si antes escuchábamos decir “mi palabra es mi honor” hoy escuchamos “las palabras se las lleva el viento”. ¿Cómo llegamos a ser tan infieles a nuestras promesas? ¿En qué radica esa falta de compromiso y responsabilidad?

Me parece que hemos alterado significativamente nuestra escala de valores. Y por favor no interpreten esto último como un asunto moralista. Me refiero a que hemos dejado de valorar lo que realmente importa. Hemos dejado de apreciar el valor de la lealtad, la seguridad, la garantía y la credibilidad. Hemos dejado de educar a los hijos para que den importancia y mérito a sus palabras. Hemos permitido que nuestros actos incongruentes les demuestren que no importa lo que dices… pero tampoco lo que haces. Incumplimos promesas y compromisos adquiridos y menospreciamos acuerdos básicos. Nos damos el lujo de mentir con nuestras acciones y lo hemos hecho costumbre. Lo hacemos de forma indiscriminada a tal grado que el significado de “palabra de honor” ya no tiene ningún significado. No hace falta poner ejemplos para clarificar cuán alejados estamos de enseñarles a las nuevas generaciones que aquello que uno dice tiene un gran valor y puede cambiar el mundo de nosotros mismos y de quienes nos rodean, en la medida en que somos capaces de respetarlo y cumplirlo.

Por eso creo firmemente que las palabras no se las lleva el viento. Las palabras son reflejo de la integridad de una persona. La integridad significa que existe congruencia entre lo que pienso, digo y hago. Cuando doy mi palabra y la respeto, evidencio consideración hacia otros, demuestro confiablidad y madurez. Porque sin lugar a dudas, honrar nuestra palabra es una cualidad de gente madura. La palabra es lo que nos conecta con otros, lo que nos permite estrechar lazos con los demás, el elemento más importante en cualquier relación sana y duradera.

¿Qué valor le das a tu palabra?

*Dirección General Enfoque Integral

Consultoría, Capacitación y Coaching para el éxito

gsoberanis@enfoqueintegral.com.mx

El tiempo: el único recurso que verdaderamente nos pertenece

Gabriela Soberanis Madrid, Enfoque Integral

Gabriela Soberanis Madrid, Enfoque Integral

*Por Gabriela Soberanis Madrid

“El tiempo es la divisa de tu vida. Es la única divisa que tienes, y solo tu puedes determinar como será gastada. Se cuidadoso y no permitas que otras personas la gasten por ti.”
Carl Sandburg

 

¿Pasas tu tiempo de la forma que realmente deseas? ¿las actividades que realizas te satisfacen y benefician? ¿te sientes sobrecargado de actividades? ¿puedes encontrar periodos sin interrupciones cuando así lo requieres? ¿sientes que siempre deberías estar ocupado haciendo algo productivo? ¿postergas las tareas que te desagradan? Estas son sólo algunas de las preguntas que podemos hacernos en torno a la forma en que empleamos uno de los recursos más valiosos del que disponemos: el tiempo.

Sino administramos adecuadamente el tiempo, entonces no podemos administrar ningún otro recurso, ya que no hay una sola realidad que se sustraiga del tiempo. Peter Drucker – padre de la administración moderna – lo expresó con éstas palabras: “El tiempo es el recurso más importante; quien no lo sabe administrar no sabe administrar nada.

El tiempo es un recurso inexorable. No puede ahorrarse, ni acumularse, ni prestarse. Lo más que podemos hacer es utilizarlo a medida que va llegando. Podemos decir que no tenemos suficiente, pero esto nunca será cierto, pues el tiempo es uno de los recursos más equitativos del que disponemos los seres humanos. A todos se nos ha otorgado la misma cantidad. Entonces, ¿por qué es tan fácil caer en la percepción de no tener tiempo?

 

Me parece que podemos dar respuesta a la pregunta planteada revisando la forma en que las personas seleccionan y distribuyen las actividades que realizan. Cuando tenemos dificultades para priorizar y ejecutar nuestras tareas, fácilmente quedamos atrapados en la sensación de que el tiempo no es suficiente. Administrar nuestro tiempo significa administrarnos a nosotros mismos, ya que es una responsabilidad personal hacer un buen o mal uso del tiempo. El arte de hacer que sirva para nuestro beneficio y de quienes nos rodean (familia, empresa, sociedad) es lo que llamamos Administración del Tiempo. En otras palabras, sino te beneficias del uso de este recurso, sencillamente no lo estás administrando y, lo que es peor, lo estás malgastando.

 

Está visto que no podemos incrementar la cantidad de tiempo del que disponemos. Sólo podemos controlar la forma en que lo empleamos. Por lo tanto, la forma en que empleas tu tiempo define mucho de quién eres. Dice mucho más de ti que aspectos relacionados con tu imagen, la forma en que te expresas o lo que dices que es importante en tu vida. Muchas personas dicen algo y hacen todo lo contrario. Si dices que para ti es importante ser productivo y no inviertes tiempo a la planeación y la organización, entonces te estás contradiciendo. Si dices darle importancia a tu familia y sin embargo inviertes muy poco tiempo en convivir con ella o en hacer espacio para hablarles o visitarlos, entonces te estás contradiciendo. Dicho de otra forma, la manera en que empleas tu tiempo y los valores que rigen tu vida, tienen una relación directa.

Las personas operan bajo la falsa creencia de que tendrían tiempo para hacer todo lo que quieren y deben, empleando una de estas dos estrategias (o las dos): trabajar más rápido y/o trabajar más horas. Éstas son estrategias pobres para administrarnos a nosotros mismos y establecer una escala de valores sobre las cosas que son importantes en nuestra vida. Ninguna de éstas dos alternativas ha probado su eficacia a la hora de emplear sabiamente el tiempo del que disponemos. Por eso es menester aceptar esta verdad: no importa cuánto hagamos, siempre hay más por hacer. Hemos de enfrentar el desafío de priorizar y tomar la decisión de hacer unas cosas y otras no. Dejemos de actuar como si pudiéramos hacer todo o de postergar lo que es inminente realizar. El gran desafío de la administración del tiempo descansa en la habilidad de identificar las prioridades de nuestra vida y de llevarlas a cabo sin pretexto alguno. Dicho de otra forma, saber administrar nuestro tiempo es una cuestión de compromiso. Un compromiso total y absoluto con lo que es más importante para nosotros.

 

En conclusión, un aprovechamiento adecuado del tiempo permite disfrutar del trabajo y su descanso. De las prioridades personales y laborales que tengamos. Sabemos que estamos haciendo un buen uso de éste recurso cuando llevamos vidas relajadas, cuando disfrutamos las actividades que realizamos, cuando eliminamos de nuestras vidas la prisa y la procrastinación y por lo tanto, disminuimos el estrés y las preocupaciones. El tiempo es un recurso que nos fue otorgado para ser nosotros quienes decidamos sobre el, y no dejar que él nos domine. Pero nadie podrá dominar su propio tiempo mientras no esté primero dispuesto a dominarse a sí mismo.

 

*Dirección General Enfoque Integral

Consultoría, Capacitación y Coaching para éxito

gsoberanis@enfoqueintegral.com.mx

Una sociedad en declive

Gabriela Soberanis Madrid, Coach de Vida

Gabriela Soberanis Madrid, Coach de Vida

  • *Por Gabriela Soberanis Madrid 

“Cuando el amor comienza a enfermar la decadencia utiliza una ceremonia forzada”. (Julio César)

Nos estamos acostumbrando a la violencia y no nos damos cuenta. Entre otras cosas, porque consideramos la violencia como una acto meramente físico y, solo ocasionalmente, psicológico y emocional. La violencia tiene distintas caras y yo quiero hablar en particular de una de ellas: la violencia verbal. Peligrosamente y sin darnos cuenta, hemos cultivado un grado de indiferencia frente a las agresiones verbales que ocurren a diario y frente a nosotros. Hemos hecho habitual esta actividad de hablar mal de otras personas y burlarnos de las circunstancias ajenas. Algunas veces se trata de gente lejana que no forma parte de nuestras vidas, otras veces se trata de conocidos, familiares o amigos. Hemos pasado por alto que el chisme es una forma de violencia y que ocurre todos los días y en todos los niveles de la sociedad al punto de causar estragos en la vida de las personas y, por ende, en la sociedad misma. La pregunta es ¿por qué lo hacemos?

Como yo lo veo, dedicar tiempo a describir los errores que está cometiendo alguien, sus defectos de carácter, los terribles hábitos que tiene y un largo etcétera que cualquier de nosotros podría ampliar, solo representan una excusa para estar más pendiente de la vida de otros, que de la propia. Hablar mal de otros nos provee de una falsa sensación de superioridad (nosotros somos mejores, jamás hemos hecho algo así), marca la diferencia entre unas personas y otras (ellas son malas madres, nosotras no) y desarrolla complicidad entre la gente (si yo excluyo a fulano igual que ellos lo hacen, quizás me acepten). Sin embargo, por cualquier razón que decidamos hacerlo, hablar mal de otros es criticar y criticar es evaluar, comparar, rechazar y querer ascender a un lugar superior.

Me parece que la principal razón por la que una persona habla mal de otros es para sentirse mejor consigo misma. Creemos a nivel inconsciente que esto disimulará nuestros defectos y atenuará los aspectos oscuros de nuestras circunstancias. Podemos seguir creyéndolo, pero el chisme es una expresión de violencia, y no solo no cambia nuestras circunstancias, sino que nos aleja de toda posibilidad de convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos.

Estamos absortos en querer destacar, en querer ser mejores que otros y simplemente nos hemos dejado de ocupar en ser mejores personas para quienes están cerca de nosotros. Así, cuando alguien enfrenta un verdadero problema, una crisis financiera, la muerte de un hijo, una enfermedad, un divorcio o una infidelidad, aprovechamos esas circunstancias como pretexto para alimentar nuestros egos y creer falsamente que estamos en mejores condiciones que los demás. Hacemos de lado el respeto, ponemos en segundo término el dolor de la gente, nos regocijamos por el fracaso de otros creyendo que eso nos eleva de categoría y, lo que es peor, nos mofamos de las circunstancias ajenas. ¿En qué clase de sociedad nos hemos convertido al punto de permanecer indiferentes a esta forma de relacionarnos?

Yo llamaría hipocresía a nuestro problema. Decimos que vivimos a la altura de cierto valores, pero la realidad nos muestra algo muy diferente. Gente que se ha alejado del amor. ¿Quién puede decir que ama cuando juzga, cuando ironiza, cuando lastima a otros y no le importa? Hemos dejado de mirar en la dirección correcta. Hay un desinterés generalizado por ser más comprensivos, compasivos, generosos, tolerantes e inclusivos. Nos hemos convertido en pequeños robots porque hemos dejado de prestar atención a lo que está ocurriendo entre nosotros. La competencia malsana continua, la discriminación crece, la violencia verbal se incrementa, los chismes se expanden, la falta de sensibilización hacia el prójimo se hace habitual y lo único que nos preocupa es mantener un lugar preponderante en la esfera que hayamos elegido. La integridad de nuestra sociedad no está en peligro, está en vías de extinción. No lo dice alguien de fuera, lo dice una yucateca que ama a su tierra, a su gente, a sus tradiciones y costumbres pero que ha llegado al punto de indignarse al ver en quiénes nos hemos convertido.

Una sociedad es como una gran familia. Sin duda, no existen familias perfectas, pero las que logran funcionar sanamente promueven la empatía, una comunicación que sea capaz de crear lazos, busca comprensión y apoyo y ofrece cariño y ayuda a sus miembros. Bajo esta perspectiva, está claro que nuestra sociedad ya no funciona como una familia, sino como grupos que actúan por separado según sus propios intereses. Nos hemos olvidado que pertenecemos unos a otros. Hemos contribuido al sufrimiento de los nuestros y hemos lastimado con nuestras palabras. Hemos juzgado a los padres que aceptaron la homosexualidad de un hijo, a la esposa que decidió divorciarse, al esposo que se hizo cargo de los hijos de otro, a la pareja que trascendió la infidelidad, a la mujer golpeada, al hombre adicto y así, podemos seguir y seguir. En eso nos hemos convertido: en verdugos.

Con lo anterior, no resulta descabellado concluir que estamos frente a un declive social notorio. La debilidad de la gente por el chisme, por ocuparse su tiempo y energía en hablar de otros, por exponer los errores ajenos y burlarse de los fracaso de los demás, se ha convertido en algo habitual y, hasta aceptable. Hemos cubierto con un manto de indiferencia y de falta de consciencia la forma en que nos hemos venido relacionando unos con otros. Podemos minimizar el problema o, inclusive, ignorarlo pero eso no cambia nuestra realidad: estamos frente a una sociedad frágil, enferma en algunos aspectos, que enfrenta una clara decadencia en valores. Hemos dejado de valorar la integridad, el respeto, la congruencia y el amor al prójimo.

Estamos frente a una oportunidad única para evaluar la calidad de nuestros pensamientos, palabras y conversaciones. Una sociedad se distingue por eso y la nuestra está en franco deterioro. Habrá quienes estén de acuerdo conmigo y habrá quienes no. Pero considero que quienes no estén de acuerdo tal vez sea porque prefieren ver una realidad que no existe, justificando lo que hacemos y decimos para seguir creyendo que no hay nada qué cambiar. Habrá también quienes consideren que estoy llevando al extremo mi punto de vista y que nuestra sociedad tiene cualidades tan excepcionales que cualquier defecto se compensa con ello. Pero quienes me conocen saben que soy una persona optimista, sin embargo, no puedo serlo respecto a nuestra sociedad cuando veo que se resquebraja sin darnos tiempo para reaccionar. Como yo lo veo, la decadencia ya está aquí y debemos aceptarla. Y ¿por qué creo que estamos frente a una decadencia? Es simple. Una conocida frase dice que las mentes grandes hablan de ideas y las mentes pobres, de los demás. Sin duda, esto pone en perspectiva lo que está ocurriendo en nuestra sociedad. No pretendo generalizar, pero si quiero puntualizar que necesitamos tomar muy en serio a qué le estamos prestando atención. Una sociedad comienza a enfrentar sus más grandes limitaciones cuando no puede distinguir la abismal diferencia entre hablar de otros y compartir ideas de valor.

No se trata de polarizar nuestras posturas: apreciar y magnificar las bondades que tenemos o satanizar y concentrarnos únicamente en los defectos. Esto se trata de hacer un llamado a las consciencias para que nos demos cuenta de cómo nos laceramos unos a otros con estas conductas y que nos enfrentamos a una irrefutable área de oportunidad en relación a las formas que hemos adoptado para convivir y relacionarnos. Tenemos que dejar de menospreciar el impacto que tiene en nosotros mismos y en otros la forma en que nos comunicamos.

Los chismes nunca quedan en un entretenimiento banal. Puede que creamos que es inofensivo, pero no lo es. Es una acción que margina, descalifica, desprecia y denigra. Hablar mal de otros generalmente incluye desacertar en muchos sentidos respecto a lo que realmente ocurre en el seno de una situación. En general, las más de las veces se trata de una situación lastimosa para todos y un claro deterioro en la forma en nos relacionamos con los demás. Si queremos crecer, necesitamos esforzarnos en retomar lo que constituye el funcionamiento de una sana sociedad.

Tengamos en cuenta esto: hablar es fácil. Eso lo hace cualquiera. Pero optar por el silencio, la prudencia, el respeto y el dominio, es fortaleza de pocos. Por eso dicen que hemos de procurar que nuestras palabras sean más importantes que el silencio que podamos romper. ¿Es así como nos estamos conduciendo?

*Dirección General Enfoque Integral

Consultoría, Capacitación y Coaching para el éxito

gsoberanis@enfoqueintegral.com.mx

Tenemos dos vidas: La crónica de mis cuatro décadas

Gabriela Soberanis Madrid, Coach de Vida

Gabriela Soberanis Madrid, Coach de Vida

*Por Gabriela Soberanis Madrid

“Tenemos dos vidas. La segunda comienza cuando nos damos cuenta de que solo tenemos una.” – Confucio

Estoy por cumplir una década más, y ya suman cuatro. Quiero pensar que estoy delante del mejor trecho de mi vida. Según me han dicho algunos que ya han transitado por esta fase, son lo mejores tiempos porque aún se goza de juventud, a la vez que se tiene experiencia. Supongo que esto es lo que le imprime tanta fuerza a ésta etapa de la vida: durante un tiempo tuvimos juventud, pero no experiencia. Luego tendremos experiencia, pero no juventud. Éste es quizás el único período donde se tienen ambas. No toda la juventud que alguna vez tuvimos, ni toda la experiencia que podremos llegar a tener, pero sí la mezcla exacta, la que sólo nos puede brindar estar frente a la mitad de nuestra historia.

He escuchado decir tanto sobre cumplir cuarenta años, como si se tratase de una edad tan significativa que no puede ser comparada con ninguna otra. Es como si se presentase una revelación de hechos: se tienen menos expectativas, las demandas son más realistas, los amigos son menos pero más íntimos, al fin se comprende que todo el mundo tiene problemas, y que la vida es hoy. Algunos hasta afirman que a partir de ahora es cuando más apasionadamente se enamoran (de una persona, de un sueño, de un proyecto) y que inesperadamente surge la fuerza para cambiar, para alcanzar todo lo que se ha buscado en las décadas anteriores y ser todo lo que se es capaz de ser… Yo me pregunto ¿será cierto?

Bueno, lo que sí es cierto es se está cerca de la mitad de la vida. Es el momento en que se torna casi un compromiso moral y espiritual disfrutar de ella. No porque sea perfecta o como quisiéramos que fuera, simplemente porque la tenemos. Y es verdad, ya no hay necesidad de complacer a otros, ni de quedar bien con la gente; ya no tiene sentido que a uno le importe demasiado lo que otros piensen o cumplir las expectativas de los demás o tomar obligaciones estériles solo para sentir que se cumple. No. Se llega a un punto en que los deseos personales, los sueños propios, lo que uno piensa y quiere se vuelve realmente importante y necesitamos hacerlo valer. Pero a los cuarenta – o cuando sea que te des cuenta – el reto es interesante: uno puede saber todo esto, pero con saberlo no basta. Hay que vivirlo. La pregunta es ¿estás listo para vivir así? ¿eres capaz de despojarte de todas las cargas y, finalmente, ser libre?

Yo no puedo hablar por los demás, solo puedo hablar por mi y por cómo llego a estas cuatro décadas. Para ser sincera, no llego tan liberada y empoderada como quisiera, ni mucho menos con una sapiencia inexplicable o esa fuerza inquebrantable con la que alguna vez soñé. Llego en algunos aspectos muy diferente a como quería. No tengo ese equilibrio perfecto que esperaba tener, aún no encuentro todas las respuestas a las interrogantes más importantes que me he planteado a lo largo de mi existencia, tampoco tengo la vida que había planeado, ni tengo todo resuelto como pensé que lo tendría. Llego aturdida de tanto vaivén, algo preocupada por lo que va a pasar, consciente de que la vida no es color de rosa, intrigada por el futuro, y para ser honesta, un poco decepcionada porque esperaba llegar sintiendo que, finalmente, domino el mundo. En resumen, llego envuelta en una especie de perspicacia y cuestionamiento ante la vida; frente a una inminente necesidad de peguntarme qué he hecho hasta ahora y qué quiero hacer con la vida que me queda.

Pero a cambio, llego siendo honesta y real, reconociendo los altibajos de la vida, lo agridulce de esta travesía. Llego habiendo cometido muchos errores, sintiendo una mezcla de fragilidad y fuerza, de dudas y de confianza. Llego con la tristeza de lo que tuve que dejar en el camino y a lo que tuve que renunciar, con la satisfacción de haber sido valiente y de gozar lo que tengo hoy. No llego con todo lo que quería, pero creo que sí, con lo que más quería: he llegado desprejuiciada, con menos preocupaciones absurdas, con más fe en mi, sintiéndome hermosa y deseando haberme sentido así cuando tenía veinte. Llego sabiendo cómo divertirme más, obsesionarme menos y quererme mejor. Llego con menos temor para tomar decisiones, sabiendo que a veces se falla, y que eso está bien. Llego queriendo lo mejor para mi; sin conformarme con las cosas a medias y sabiendo que nada es perfecto. Llego queriendo lo que me enseña, lo que me enfrenta, lo que me da oportunidad de crecer, lo que me hace una mejor persona. Llego sabiendo que los amigos son piezas clave en nuestras vidas, que están para ayudarnos a aligerar la carga; pero que de la amistad uno obtiene lo que da. Llego reconociéndome una romántica perdida, una mujer que cree en el amor a primera vista, que celebra la pasión, que sabe el valor del compañerismo y de la complicidad. Llego sabiendo que el amor es maravilloso cuando uno se ama a sí mismo. Que no se puede hallar en otro, lo que uno no tiene dentro. Llego sabiendo lo triste que es cuando alguien se va, la sensación de vacío y desolación que esto deja y el tiempo que se requiere para aceptar que las personas cumplen una misión y un tiempo en nuestras vidas, antes de partir. Llego sabiendo que a veces no se tienen ánimos ni razones de peso para seguir, pero que el amor de quienes se quedan nos puede dar fuerza para continuar con optimismo. Llego sabiendo que ser madre es el más grande de los desafíos. Que me ha confrontado con quién realmente soy y que no ha habido escapatoria. Ha dejado salir lo mejor y lo peor de mi, pero que cuando he sabido perdonarme, reconozco que no ha habido nada que haya hecho con mayor esmero. Llego descubriendo que cuando decides amar a alguien, jamás lo dejas de amar. Puede que creas que si, pero no. Es posible que no ames a esa personas de la misma manera, con la misma intensidad, desde la misma persona que eras cuando la conociste o por los mismos motivos, pero el amor no muere… cambia y se transforma, adquiere otros matices, comprende lo que no comprendía antes, pero no se marcha.

En fin, no sé si sea cierto que la vida empieza a los cuarenta, que tenemos dos vidas y que lo mejor está por llegar. Sólo sé que llego a mis cuatro décadas muy diferente a como esperaba, aunque consciente de que ésta es la única vida que tengo y que deseo hacer de ella lo mejor que pueda. Quiero creer que me espera una fase de transición, de consolidación, de grandes logros y de crecimiento personal; quiero albergar en mi corazón la esperanza de que la otra mitad que me falta por recorrer será aún más intensa que la primera o, al menos, tan avasalladoramente desafiante e imperfecta, tan maravillosa y triste, tan feliz e impredecible y tan generosa como humana… Y que, al final, los anhelos de mi corazón se materializarán.

 

*Dirección General Enfoque Integral

Consultoría, Capacitación y Coaching para el éxito

gsoberanis@enfoqueintegral.com.mx

¿Liderazgo puro o sólo carisma?

Gabriela Soberanis Madrid, Coach Empresarial

Gabriela Soberanis Madrid, Coach Empresarial

*Por Gabriela Soberanis Madrid

“Si los grandes líderes regresaran a su misión de servicio, pronto el mundo sería lo que soñamos.” (Anónimo)

La mayoría de las corrientes coinciden que el liderazgo es un proceso natural de influencia que se da entre una persona (el líder) y sus seguidores. Sin embargo, creo que nos hemos formado un estereotipo sobre las características que se esperan encontrar en una persona que se considera líder: carisma, capacidad de influir en otros, altos niveles de energía,  facilidad de palabra, persuasión y visión, entre otras. Si bien todos estos atributos son importantes a la hora de desarrollar un liderazgo efectivo, me parece que estamos a años luz de comprender lo que es el verdadero espíritu del liderazgo. Hoy por hoy, hemos basado nuestro concepto de liderazgo en estos guiones y, por ende, hemos fallado no solo en ser líderes nosotros mismos, sino en identificar líderes potenciales y formarlos.

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Comunicándonos con libertad

Gabriela Soberanis Madrid, Coach de Vida

Desarrollo Humano

*Por Gabriela Soberanis Madrid

“Antes de hablar, piensa lo que vas a decir; la lengua, en muchos, precede a la reflexión.” – Isócrates 

Muchos de nosotros tenemos dificultades para comunicarnos, para ser claros y directos respecto a lo que queremos decir y no solo tenemos complicaciones en este aspecto sino que además, en momentos tentadores, muy a menudo caemos en la trampa de decir algo inapropiado o hiriente, producto de palabras no pensadas. (más…)

¿Por qué juzgamos?

* Por Gabriela Soberanis Madrid

“Pensar es difícil. Por eso la mayoría de la gente prefiere juzgar”. Carl Jung

 

Todos pensamos y todos juzgamos. Es un acto inherente a nuestra naturaleza humana. El asunto es que muchos juzgan antes de pensar y pocos hacen de sus procesos de pensamiento un acto consciente. De una manera confiada empleamos criterios subjetivos para aceptar o rechazar ideas, situaciones y/o personas. Solemos pensar sin realmente pensar, en vez de ejercitar el pensamiento reflexivo y crítico. Como resultado de esto, la mayoría de las personas y de las sociedades están teñidas de juicios no razonados, de opiniones arbitrarias y de percepciones prejuiciadas, distorsionadas y parciales. La mayoría de las personas creemos conocer la razón de las cosas y solemos considerar objetivas nuestras apreciaciones. No hace falta abundar mucho en este punto para saber que eso está muy lejos de la verdad. La mayoría de nosotros, en algún momento de nuestras vidas, nos hemos enfrentado a las consecuencias de un juicio erróneo, derivado de conclusiones que hicimos exclusivamente con base en criterios propios y creencias sin cuestionar.

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¿Amamos o dependemos?

Gabriela Soberanis Madrid, Coach de Vida

Desarrollo Humano

* Por Gabriela Soberanis Madrid

“No es fácil encontrar la felicidad en nosotros mismos, y no es posible encontrarla en ninguna otra parte”. Agnes Repplier

En estas líneas hablaremos de un mal que afecta a muchos: la codependencia. No pretendo desarrollar el tema como una experta, pero dejaré entrever mi experiencia personal al respecto y apoyaré algunos puntos basándome en los conocimientos que he adquirido en mi práctica como Coach de Vida.

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